sábado, 9 de mayo de 2009

LA CASA DE MI ABUELA "Calabuelita"


Imagen de mi abuelo paterno y mi padre. (1957)




No tengo muchos recuerdos de mi infancia, más bien tengo recuerdos inducidos por las fotos que me hizo mi padre en aquella época, al verlas suelo recordar imágenes y vivencias como retazos de una realidad que viví y ahora está perdida en los más profundo de mi memoria.

Casi toda mi infancia la pasé en casa de mi abuela, recuerdo esa casa, que ahora ya no existe, como un lugar maravilloso, en el que viví la época más feliz de mi vida, quizá fuera el momento en el que fui niño, la situación de mi familia en esa época o que simplemente era feliz por ser niño lo que me hacen tener tan buenos recuerdos.

En casa de mi abuela vivían mi tío abuelo (hermano de mi abuela paterna), la tía de mi abuela y mi abuela paterna.
Mi tío se llamaba Luis y era una persona enigmática, lo era porque nunca sabré exactamente el por qué de sus continuas depresiones; nunca se casó, desde muy joven le diagnosticaron que tenía lo que él llamaba “presiones”, que más tarde averigüé que tenía una enfermedad mental que derivaba en depresión, nunca sabre lo que era pero posiblemente un trastorno bipolar o algo parecido. El caso es que desde muy joven le dieron la baja definitiva por enfermedad y desde que le conocí él estaba en esa situación. Era una bellísima persona, bueno hasta el extremo con nosotros, conmigo y mis hermanos, se desvivía por regalarnos cosas y enseñarnos todo lo que él sabía de la vida; recuerdo con mucha nostalgia las conversaciones que teníamos él y yo cuando ya era un poco más mayor y me explica cosas del pueblo, de sus vivencias en las fábricas, e incluso de la sexualidad, que, por cierto, empecé a descubrir el cuerpo femenino gracias a los interviú y las revistas eróticas de la época del destape que guardaba en la mesita de noche. Mi tío fue para mí como mi abuelo, ya que a él no le conocí porque murió estando mi madre embarazada tres meses de mí; él sabía que yo estaba en camino y estaba muy feliz, pero una enfermedad en las tripas y una negligencia médica provocada por un cirujano argentino, que no era cirujano legal, en la clínica de Elche “Ciudad Jardín” le provocaron la muerte repentina a los 55 años de edad justo en el día de San Isidro, un 15 de mayo.

Sin haberlo conocido, le hecho mucho de menos cada vez que veo su fotografía porque en cierta manera me identifico mucho con él, por lo que me han contado de su forma de ser, creo que él y yo nos hubiéramos llevado de maravilla, incluso yo tengo las orejas y las entradas en la cabeza como él, nos parecemos un poco.

Mi abuelo fue una persona íntegra, inteligente, buena persona, que de tan buena quizá habían energúmenos que lo consideraban tonto y quisieron aprovecharse de él, pero él tenía la extraña habilidad de conseguir lo que quería sin hacer caso de habladurías ni de engaños; llegó a ser alguien en la vida, encargado de una fábrica de alfombras y tuvo dos hijos con mi abuela—mi padre y mi tío—a los que dio una educación excepcional y una infancia realmente hermosa, trabajó para conseguir lo mejor para su familia y lo consiguió, hasta que a edad temprana un carnicero canalla que quería aparentar ser médico, le segó la vida para siempre. Su muerte fue una tragedia enorme para mi abuela, de la que ya no se repuso jamás y arrastró el resto de su vida con gran pena.

Mi abuela se llamaba Trinidad, era una mujer grandota, de pelo cano, entrada en carnes y de complexión fuerte para una mujer, era una persona con el corazón noble, pero parecía que siempre estaba de mal humor y a veces que le molestaba todo, pocas veces la vi sonreír, y muchas veces la vi llorar, casi todos los días por la tarde, cuando venía del colegio a verla, me la encontraba en una silla del comedor de su casa con los ojos enrojecidos por las lágrimas; ella nunca me dijo porque lloraba, pero yo lo sabía, lloraba por mi abuelo, no podía superar su pérdida, se amaron con locura y dependían mucho el uno del otro; yo le decía__no llores abuelita__ y ella hacía como que se le pasaba e iba a prepararme la merienda, luego veía a mi tío que salía de dormir la siesta y nos poníamos a ver los dibujos en la tele, comiéndome el sabroso bocadillo que me había preparado.

Recuerdo con mucha nostalgia las tardes de invierno en el que mi abuela enchufaba la estufa de gas y yo estaba allí viendo la tele, hablando con ellos, viendo la tele con mis amigos, vecinos del barrio que venían a buscarme, jugando con todos los juguetes que me regalaban mis padres y mis tíos en mis cumpleaños y navidades; queda todo tan distante en el tiempo.

De la tía de mi abuela, la que vivía con ella tengo recuerdos bastante borrosos. Recuerdo que era una persona bastante mayor, que tenía muchas manías y que no salía nunca de la cueva que estaba anexa a la casa que construyó mi abuelo delante, por lo que esta construcción era la típica casa-cueva de Crevillente, ya que primero existía la vivienda troglodita y luego las familias construían las casas delante integrando la cueva como habitaciones de la casa. Pues bien, mi tía bisabuela era la dueña de la cueva y allí permanecía siempre sentada en un sillón de madera marrón que parecía un trono, y allí se pasaba las horas muertas escuchando la radio y al canario que mi padre tenía colgado allí, un canario que le regalaron cuando se casó que duró más de 16 años y le llamábamos el “abuelete”.

Poco más recuerdo de mi tía María, solo que una vez estábamos jugando un amigo y yo, haciendo travesuras, tendríamos unos 8 años y ella fue a reprender nuestros juegos y ruidos porque le molestaban, en ese momento su cadera cedió y la vi caer como un muñeco en medio del suelo, a partir de ahí ya no se pudo recuperar y al mes o así murió. Ella fue la única que murió en casa de mi abuela, los médicos la dejaron morir en su cama y murió en paz rodeada de toda su familia. Su avanzada edad y la fractura de cadera unida a otras dolencias pudieron con ella.

Me sentí culpable algún tiempo por haberla hecho cabrear y haberle ocurrido el accidente que le rompió la cadera, pero la verdad es que yo era un niño y en realidad no fue culpa de nadie, ahora lo comprendo.

5 comentarios:

Gloria dijo...

Hola Juanma.
Aquí me tienes de visita en tu blog tras el comentario que dejaste en el mío. Me gusta mucho tu forma de contar las cosas. Veo que ya hace tiempo que estás en esto de los blogs y hay mucho que leer por aquí. Ya me pasaré de vez en cuando, me ha parecido muy interesante.
Saludos coridales.

Juan Manuel Mas dijo...

Muchísimas Gracias Gloria, es un placer saber que hay gente tan excepcional como tú que se molesta en leer mis historias, escribo para mí, pero me gusta comunicar mis emociones a la gente. Cuando leí tu blog sentí que tú también eras de esa clase de personas y me gustó como escribes, cuando quieras te pasas, yo haré lo mismo con tu blog.

Un abrazo.

sierrabares dijo...

Eres un nostálgico empedernido. A mi me pasa lo mismo. Es acordarme de mi infancia y me pongo tontorrón. Que le vamos a hacer.

Juan Manuel Mas dijo...

Gracias Ruben, ya ves, si te digo que en verdad lloré escribiendo esto, ¿te lo puedes creer?, la verdad es que siempre pienso mucho en el pasado y me acuerdo mucho de mi infancia, pero espero que la nostalgia no me impida seguir adelante en esta vida tan jodida y a la vez tan bonita. Gracias por leerme amigo y a ver si nos vemos pronto.

Anónimo dijo...

UF...Me ha gustado mucho,impregnas cada palabra con la melancolia que que surge de hablar de nuestra niñez,buena o mala no deja de ser nuestra niñez y es lo que llevaremos en el corazon el resto de la vida...MUY BIEN JUANMA