lunes, 30 de diciembre de 2024

UN PASEO EXTRAÑO CAPÍTULO 37

 


 En la casa de Josu permanecían Xena y Tía Paua, intentaban adecuar la misma para poder pasar desapercibidas, limpiar un poco y tener ordenados todos los objetos que habían traído de la cueva de ella.

Permanecían en una penumbra diaria, pues el cielo siempre estaba oscurecido y no se atrevían a encender la luz, para que nadie supiera que estaban allí.

De todos modos tampoco podían encenderla pues ya hacía tiempo que el suministro eléctrico no existía, las distintas patrullas de Seres extraños que veían por la ventana se habían ocupado de destruir todo el cableado y la huida de la gente hacía cualquier refugio había dejado desatendidos todos los servicios básicos de la ciudad.

Nuestras dos amigas estaban realmente preocupadas, no sabían nada de Josu ni de Antoine, Tía Paua tenía un mal presentimiento, en su interior temía por Antoine, presentía que no estaba en esta dimensión, también sufría por Josu, pues algo le decía que estaba en serio peligro.

Ya no recibían noticias del exterior, no tenían radio, ni Televisión, estaban incomunicadas, los teléfonos fijos de la casa no iban y la gente ya no salía de casa o había huido fuera de la ciudad, sino habían sucumbido a estos seres grotescos que veían por todas partes.

Ante la naturaleza negativa de la energía que sentía Tía Paua, le dijo a Xena:- Querida, tenemos que permanecer dentro de este pentagrama de sal que voy a trazar en el suelo del comedor, pase lo que pase y oigas lo que oigas no salgas de él, presiento que vienen fuerzas oscuras que nunca he visto, no sé si esto nos protegerá, pero estamos siendo vigiladas por Seres Sombra, he visto pasar a Hombres del sombrero por las rendijas de la ventana, se están llevando las almas de todos nuestros vecinos, dentro de este pentagrama, quizás no nos detecten, voy a conjurar un hechizo de protección trazando un círculo alrededor de él, tú permanece en medio, intenta visualizar a tu querido Josu en una burbuja de color rosado, protégelo con tu intención, quizás así pueda regresar para ayudarnos.

- ¡En el nombre del Macrocosmos y el Microcosmos, lo que es arriba es abajo, la luz vence a la oscuridad, pues en la divina presencia de los doce poderes, conjuro este círculo para que ningún mal, ningún ente ni presencia pueda atravesarlo, en el nombre de Elohim, Adonai y el divino Tetragramatón, así decreto, hecho está!-dijo Tía Paua con decisión y en voz baja pero firme.

Inmediatamente el círculo de sal con el pentagrama se iluminó con una tenue luz azulada, Xena y la propia conjurante estaban dentro del mismo, un viento repentino agitó sus cabellos, era frío como el hielo, una sensación de escalofrío les recorrió la espina dorsal.

Un ruido de llaves se escuchaba en la puerta de la vivienda, Xena y Tía Paua estaban aterradas, dentro del círculo, a pesar de ser de protección, ante tanta negatividad como se sentía en el aire, no se sentían protegidas de verdad.

Oyeron como se abría la puerta y pasos de al menos dos individuos, se quedaron en silencio y a los diez segundos vieron a una figura grotesca, con joroba, cara verde con nariz aguileña que llevaba en sus brazos a una persona, ¡era Josu!, pero el miedo al ver a aquel Duende entrar con él en volandas las hizo retroceder aterradas ante esa visión.

Josu estaba desvanecido, el Duende al ver la reacción de las dos mujeres habló:- Perdón por irrumpir así, os aseguro que no vengo a haceros daño,ahora sirvo a mi Señor Antoine, estoy atado a él, Josu y yo hemos podido escapar de los Elementales Oscuros, sé que os asusto, pero estoy aquí para ayudaros, al igual que he hecho con mi amo, debemos atender a Josu, yo estoy herido y no sé cuanto voy a poder aguantar, necesito agua, medicina, estoy perdiendo mi esencia elemental, esos seres me atacaron y agggghhh-.

En esos momentos el Duende soltó a Josu y cayeron los dos al suelo, inertes; Tía Paua intentó coger a Josu para meterlo en el círculo, lo hizo así e intentó zarandearle para ver si despertaba, tras un minuto haciéndolo, este abrió los ojos y preguntó: -¿Qué ha pasado?, ¿Donde estoy?.

-Estás en tu casa, Josu, un Duende te ha traído hasta aquí, no sé que os ha ocurrido, pero yo no me fio de este individuo, dice que te ha salvado- le dijo Xena.

Tia Paua también asintió, pero Josu les contó lo ocurrido en casa de Antoine, estaba apenado por no haber podido traer la comida, también como habían encontrado al Duende, lo que les había pasado, cómo le había devuelto el Tetragramatón con la gema del desierto a Antoine, la huida con los víveres y el encuentro con el Ser Elemental Oscuro, la lucha de Antoine y su posterior desaparición, la suerte que tuvieron al huir del mismo gracias a la velocidad del Duende.

Tanto él, como su nuevo compañero estaban heridos, no traían comida y en su casa no había gran cosa para poder curarlos, aún así transcurrido un tiempo prudencial Tía Paua deshizo el conjuro y salió del círculo de sal para coger alguna venda, agua y un linimento que había en el baño para curarles.

Nuestro amigo Duende estaba volviéndose translúcido, parecía que su materia se estaba desvaneciendo, eso no era bueno, posiblemente en unas horas desaparecería, en uno de los momentos que estaba lúcido, mirando a Xena dijo:- Mi señora, usted me puede curar, tiene el poder de la noche, lo sé, lo veo, su apariencia es humana pero tiene el poder de los Devas, cúreme, por favor, ¡deme una oportunidad!-.

Xena se quedó mirándole, miró a Josu, vio que estaba bien, a pesar del desmayo, entonces puso una mano en la cabeza de Josu, estiró el brazo con la otra mano hacia la herida del Duende, sin tocarlo, cerró los ojos y un fulgor de luz plateada inundó la estancia emanando de ella, parecía luz de luna, sus manos brillaban con más intensidad, una especie de holograma como de traje de hada se formó alrededor de ella, pero no era como el que tenía cuando era hada, era diferente, era un mono ceñido con una especie de alas en la espalda, transparentes, pero se podían ver con claridad, una olor a flores emanó de repente de todo su cuerpo, Josú y Tía Paua reconocieron la misma como una mezcla de jazmín y galán de noche; con un movimiento de las manos circular fue emanando energía hacía la herida del Duende y la cabeza de Josu, hasta que cayó, extenuada al suelo, respirando agitadamente, su luz se apagó y nuestros amigos empezaron a abrir los ojos y respirar cada vez mejor, la herida del Duende había desaparecido y las magulladuras de Josu también.

Tía Paua quedó maravillada, por lo visto Xena seguía teniendo poder a pesar de haber perdido su condición de elemental, había cambiado, no todo estaba perdido, tenían que ver la manera de aprovechar sus dones para poder salir de esta terrible situación.

Josu se acercó a Xena y la abrazó, estaba extenuada, no sabía lo que había hecho, lo hizo por instinto, aún así el resultado fue espectacular, su poder de sanación era equiparable al de un médico gnomo, por no decir más poderoso.

Una vez repuestos, el Duende se levantó, su materia se había densificado, estaba restablecido, Josu también, Xena se había recuperado, pero tenían mucha hambre, estaban en la dimensión terrena y aquí el agua no bastaba para saciar las necesidades de la materia corporal, acuciaban el agotamiento por hambre y sed.

Estaban encerrados y no podían salir sin sucumbir a los Seres Elementales Oscuros y sus secuaces, siempre que miraban por la ventana, entre los huecos de las persianas veían a cientos de Seres Sombra patrullar los cielos y en la distancia grupos de cuatro Seres Elementales Oscuros, iban haciendo batidas y a su paso arrebataban las almas de cuantos desdichados encontraban a su paso, para provecho de sus jefes Arcontes.

Era una visión dantesca, posiblemente todo el mundo estuviera ya así, no sabían lo que hacer, esperaban un milagro, quisieran que Antoine estuviera ahí para ayudarles, pero El Mago estaba en otro lugar en el que las cosas estaban igual de mal, sino peor, aunque ellos no lo sabían, pensaban que había sucumbido a estos Seres.

Tenían que buscar víveres, y para ello debían camuflarse entre las sombras y los Seres Elementales Oscuros para sobrevivir, quizás un Duende no levantaría sospechas en aquellos momentos si lo veían por las calles, seguramente habrían más, aunque lo raro era que no veían a ninguno cuando miraban al exterior.

El Duende dijo:- Aunque somos esbirros de los Seres Sombra, en estos momentos nos hemos quedado atrapados en el Bajo Astral, junto con las Larvas y los Poltergeist, quieren que seamos la última ola que destruya esta realidad, yo conseguí salir a tiempo antes de que sellaran la cueva de la Estigia, ellos abrieron otros portales más poderosos para penetrar en esta dimensión.

-Quizás tenga una idea para poder ocultarnos y poder ir a coger comida y agua, pero para ello necesitaremos ropa oscura e imantarla con la negatividad intrínseca a mi especie elemental, estoy seguro que puedo hacer que tengáis la apariencia de un Ser Sombra, pero a lo lejos, en la cercanía os podrán ver realmente, ¡rápido, tenemos que ver que hay en los armarios!-.

Miraron en los roperos, armarios y cajas de ropa que tenían los padres de Josu en aquella casa, vieron pantalones y camisas negras, batas de ese mismo color par las mujeres, pañuelos negros para sus cabezas, dos mantones y una capa de ese color, todo muy antiguo; procedieron a vestirse todos igual, con la cabeza tapada, hasta el Duende se puso ropa negra para intentar parecer un espectro.

-Ahora debemos conjurar a la energía sombra, dijo el Duende, para ello debemos juntar nuestras manos y entrar en el círculo de sal, limpiaremos el pentagrama y lo dibujaremos al revés, esto llamará a la energía negra y nos cubrirá dándonos el camuflaje, yo soy inmune a ella, pero vosotros debéis protegeros con pensamientos y oraciones que os ayuden, cuando os vaya a cubrir la energía debéis pensar en cosas agradables, haced algún símbolo de protección que sepáis, da igual cual, pero es importante que no sucumbáis a esta negatividad-.

Entraron en el círculo de Sal y Tía Paua trazó un pentagrama invertido en el mismo, el Duende se puso en medio del mismo y con la voz socarrona y desagradable que le caracteriza conjuró: - ¡Oh, fuerzas oscuras, energía de las sombras, mostrarme vuestro poder y danos parte del mismo, necesitamos oscuridad, os conjuro sin chanza para encontrar la negativa danza, convierte estas ropas en sombras de venganza!-.

Josu, Xena y Tía Paua empezaron a notar como aquella ropa se le ceñía al cuerpo y como a la vez se formaba una especie de neblina negra alrededor de ellos, se sentían pesados y con un cambio de humor brutal, la ira se iba apoderando de ellos, Josu intentó pensar en su perro Winston, en su infancia, en sus padres, en lo que le gustaba, Xena en sus hermanas, en su pasado como hada, Tía Pau en Manuel, su marido, en su cueva, sus hierbas, su satisfacción al curara a personas que la requerían, pero todo se desvanecía en una niebla mental oscura que les provocaba un mal humor que no entendían, pero era necesario lidiar con ello para salir de allí y buscar alimentos.

El Duende no pensaba en nada, ya estaba acostumbrado a estos menesteres, de hecho muchos de ellos decidían convertirse en Seres Sombra cuando les convenía, eran compatibles sus cuerpos con los de ellos en el Bajo Astral, podían cambiar a voluntad una vez superadas ciertas enseñanzas, pero de eso ya hablaremos.

Una vez convertidos en Seres Sombra se dispusieron a salir de la casa, el Duende iba delante, el caos que había en la calle era impresionante, las sombras volaban por doquier, los Hombres del Sombrero patrullaban las calles en una ronda mortal avisando a los Seres Elementales Oscuros que los iban siguiendo, los Arcontes, escondidos en la parte interdimensional entre el Bajo Astral y la realidad iban recolectando las almas que los Oscuros les iban proporcionando, lo extraño era el silencio, todo en silencio, nadie gritaba, nadie pedía ayuda, solo se escuchaba el viento, el pasar de las Sombras y las risas de los Elementales Oscuros que resonaban por doquier, era terrible.

Salieron a la calle y con movimientos rápidos fueron pegados a las paredes de las casas iban cruzando en zig zag para que su movimiento pareciera un poco errático, parecía que los trajes sombra funcionaban, no les veían, incluso alguna de ellas pasaba al lado y no les hacía caso, el Duende hizo bien su cometido para camuflarlos.

Llegaron hasta las puertas de un supermercado, entraron y vieron con desesperación que estaba todo vacío, todo saqueado, pero no se desanimaron tan pronto y siguieron adelante para ver si quedaba algo en el almacén, entraron en el mismo y aunque estaba todo por el suelo y revuelto vieron que habían latas de conservas y ¡botellas de agua!, no se lo podían creer, que suerte habían tenido, pero tenían que ser precavidos y silenciosos, estaban en grave peligro a pesar de su camuflaje.

Continuará...



lunes, 2 de diciembre de 2024

UN PASEO EXTRAÑO CAPÍTULO 36

 


Antoine se vio lanzado por un túnel cuya luminosidad pasaba del blanco hacía el rojo, la luz cambiante del mismo le hacía ver todas las tonalidades en fracciones de segundo hasta que la luz se volvió de un rojo intenso y penetró en un espacio de blancura inmensa.

En ese momento se vio parado en un lugar sólido, la luz no le dejaba ver absolutamente nada, pero se frotó los ojos y enseguida le volvió la visión, reconocía el lugar en donde estaba ahora, la campiña de hierba luminosa, las pequeñas setas iridiscentes, el cielo violáceo, las montañas a lo lejos y en el horizonte el gran árbol que daba entrada a la Ciudad Elemental.

Se sorprendió de haber sido capaz de huir de aquellos seres Elementales Oscuros y atravesar las dimensiones hasta en donde se encontraba ahora, se sentía extraño porque no notaba cansancio ni dolor después de haber tenido el encuentro con aquel ser tan siniestro en la dimensión terrena, no tenía magulladuras, ni siquiera su ropa estaba sucia, no lograba entender esa situación, por lo visto en el plano semimaterial el cuerpo astral es el que rige, el material queda relegado a un segundo plano, aunque por lo visto él seguía siendo el mismo tanto en materia como en espíritu, algo le había sanado y limpiado, el cambio de dimensión le había sentado bien y le salvó, estaba agradecido a su madre y a sus guías, los cuales no conocía, pero ellos a él si, algún día vendrían las respuestas.

Caminó con paso firme a la velocidad elemental, como si fuera un gnomo, hasta llegar a la puerta del gran Roble gigantesco que guardaba la entrada a la Ciudad Elemental.

La inscripción que había en el tronco, escrito en rúnico, donde ponía "Bienvenidos Buena Gente" estaba tachado con una raja provocada por algún hacha u objeto cortante, el árbol ya no tenía la luminosidad que vio la primera vez que penetró en esta dimensión, parecía estar enfermo, las hojas se le iban cayendo, parecía muy enfermo.

Antoine recordaba que en aquel lugar se encontraron por primera vez con Gimmi, en aquel momento no les quiso decir su nombre, les dijo que se llamaba Tom, más adelante se le escaparía y ya le conocieron como Gimmi, también recordaba que con un conjuro, Gimmi hizo aparecer una puerta plateada entre nubarrones negros y rayos poderosos.

Ahora no había nada, solo se veía detrás del Roble, la campiña luminosa y las montañas a lo lejos, no tenía ni idea como podría penetrar en la Ciudad Elemental.

Recordó entonces las palabras de Gimmi cuando en aquel momento hizo aparecer la puerta plateada, entonces alzó los brazos y con voz profunda las pronunció en la soledad de aquel lugar, donde no había nadie.

-Gente Buena, señores de los elementos, tierra, aire, agua y fuego, permitirme entrar en vuestro reino, abrir las puertas de la Tierra Elemental, soy un elegido, ya vengo, recibirme si lo merezco-.

El silencio se hizo denso, parecía poder cortarse con un cuchillo, transcurrieron lo que le pareció unos segundos, el cielo violáceo comenzó a oscurecerse con nubarrones negros, rayos emergían de los mismos, uno de ellos impactó en el suelo, a unos metros del Gran Roble, con una explosión poderosa, un ruido ensordecedor y una luminosidad blanca que le cegó por completo.

Al despejarse el polvo y la luz proveniente del impacto de rayo, emergió la puerta plateada, pero esta vez no había luz en su interior, estaba oscura, tenebrosa.

Antoine tuvo miedo, tenía un mal presentimiento, se había salvado de los Elementales Oscuros en su dimensión, pero en está temía que hubiera pasado algo, no veía a ningún Elemental ni ningún movimiento, penetró en la oscuridad de la puerta y cuando la atravesó sus ojos no podían creer lo que veían.

La Ciudad Elemental aparecía arrasada, los árboles y bosque de los Gnomos estaban calcinados, se veían los ropajes de los mismos en las calles, no había cadáveres, solo restos de sus utensilios y sus gorros, chaquetas, pantalones y demás ropa quemada a jirones por todos lados. 

El lago de las Ondinas estaba seco, no se veía ni rastro de ellas, era increíble, ni una gota de agua quedaba en aquel lugar, el "barrio" de las Salamandras parecía no haber sufrido daño, pero no se veía el ir y venir de estos seres, todo parecía muerto, el lugar donde se veían los remolinos de aire estaba quieto, nada se movía por allí, los Silfos habían desaparecido, ¡todo el mundo elemental había sucumbido!, algo terrible habría pasado, tenía que averiguar que era.

Recordó el Gran Árbol del Fauno, se dirigió corriendo con la velocidad que solo los elementales pueden tener, en poco tiempo estuvo allí.

Se paró delante de su tronco y con gran tristeza vió como había sido talado por una enorme sierra o rayo poderoso, las puertas que cerraban la cueva que había debajo de él estaban rotas, no se veía luz en su interior, ni nada, un olor penetrante salía de ella.

Frotó su medallón para infundirle luz, la gema que le regaló su madre iluminó la entrada de la Cueva del Árbol del Fauno, el olor penetrante se hizo más intenso, olía a podredumbre, recordaba el olor a naturaleza salvaje que había en aquella estancia la primera vez que entró.

Vio destruidas todas las obras de arte que el Fauno tenía, los cuadros destruidos, los atriles con los libros que habían en las paredes de la cueva ya no estaban, alguno estaba quemado en una esquina.

Unos metros más adelante estaba el despacho del Fauno, la puerta estaba destrozada, penetró en la estancia iluminando con su gema del desierto fundida con su tetragrámaton y el caos era increíble, detrás de la mesa donde les atendió el Fauno vio una sombra oscura que se escondía, unos ojos rojos le delataban, ¡era un Ser Sombra!, con rapidez iluminó la zona y aquel ser oscuro se elevó en la estancia y con una velocidad endiablada, flotando, salió por la puerta y desapareció, el olor a podrido disminuyó un poco; ¿qué hacía un Ser Sombra en el Reino Elemental!, Antoine se temía lo peor, una gran desgracia había ocurrido en esta dimensión, tenía que averiguar más y hacer algo, sus amigos le necesitaban, Josu, Xena, Tía Paua, Gimmi, incluso el Duende que encontró en el pueblo.

Se acercó a la enorme mesa escritorio de aquel despacho, iluminó debajo de ella y cual fue su sorpresa al ver completamente desvanecido a ¡El Fauno!, -¡Mi Señor!- dijo Antoine, intentando levantarle la cabeza mientras comprobaba si respiraba.

Tenía los ojos cerrados, quemaduras por todo el cuerpo, en las patas de macho cabrío, con el pelaje carbonizado, heridas en su torso y brazos, un cuerno roto y magulladuras en su rostro, pero comprobó que aún estaba vivo.

Intentó buscar algo con lo que recostarlo en el suelo, era enorme, con sus dos metros de altura  y su gran corpulencia  costaba de mover, pero lo acomodó y con su luz intentó buscar algo de agua en la estancia; la encontró en un jarrón que por alguna razón había permanecido intacto a pesar de lo que hubiera sucedido.

Le remojó la cara, le dio algún sorbo de agua y le intentó despertar, pero no respondía, estaba vivo pero inconsciente, no sabía como obrar ante esta situación en la actual dimensión elemental, intentó infundirle curación imponiéndole las manos y concentrando toda su intención en ello.

Una luz blanquecina apareció alrededor de las mismas, instintivamente las colocó en su pecho arqueándolas y poco y sin llegar a tocarlo, una unión de luz se las pegó al mismo, transcurridos unos minutos el Fauno empezó a jadear y en un movimiento brusco despertó, como un resorte se levantó y por la debilidad cayó de rodillas, estaba en shock.

Antoine siguió imponiendo las manos en su espalda, arrodillado el Fauno jadeaba, pero cada vez con menor intensidad, hasta que normalizó su respiración y sin mediar palabra se sentó en un rincón de la estancia apoyando su espalda contra la pared, sus pezuñas estaban también rotas como si hubieran sufrido golpes o hubieran sido usadas violentamente.

Antoine se acercó al Fauno y le volvió a ofrecer agua - Mi señor Fauno, ¿Se encuentra mejor?, ¿Puede hablar?- Aaaarghhh, carraspeó el Fauno, - ¡Antoine!- dijo con voz trémula y débil- querido amigo, ha sucedido algo terrible, Ujucc, ujuuc, aaarghhh, nuestro Reino está condenado a desaparecer, hemos sido atacados por una horda de Seres que no habíamos visto nunca, con una negatividad y oscuridad jamás sentida, ni mis poderes de Semi-Dios han podido contener tanta maldad-dijo el Fauno.

-Justo cuando os fuisteis de esta dimensión en busca de las Hadas, se empezó a notar una electricidad extraña en el aire de esta dimensión, mis sentidos mágicos se pusieron en alerta, algo malo iba a ocurrir; los Gnomos, junto con algún Silfo y Salamandras vinieron a verme porque notaban presencias extrañas en las calles de nuestra Ciudad Elemental, el cielo se oscureció sin haber nubes, la luz de los árboles empezó a menguar, el aire olía a ozono y los rayos antes blancos ahora caían de color más negro que la oscuridad, destruyendo todo lo que tocaban.

Una gran tormenta eléctrica precedió a la entrada de unos seres oscuros que nunca habían sido vistos por los Seres Elementales, junto con ellos iban otros de los cuales había oído hablar pero creía que estaban relegados a actuar en el Bajo Astral, eran Arcontes, vinieron por cientos, majestuosos con sus tremendas y aterradoras armaduras, luego varios Hombres del Sombrero les adelantaron para penetrar en la ciudad, junto con sus esbirros sombra, todo lo que tocaban quedaba carbonizado, nuestros poderes elementales no podían hacer nada contra ellos, campaban a sus anchas destruyendo todo lo natural de este lugar, miles de gnomos, ondinas, silfos y salamandras huyeron a vuestra dimensión, otros cientos sucumbieron a su oscuridad, desapareciendo para siempre.

Aquellos que huyeron se fueron en busca del refugio de las hadas, los otros intentaron combatir con magia a los Arcontes y los Seres Sombra, parecían retenerlos un poco, pero detrás de ellos estaban aquellos desconocidos, los Seres Elementales Oscuros, dijeron llamarse, ¡Seres Increados!, adimensionales, con su energía de antimateria lo arrasaban todo y nos hacían sucumbir a su extraordinario poder negativo, nos tocaban y desaparecía nuestra energía, y nuestro ser, arrasaron la Ciudad en solo unos pocos minutos.

Unos cuantos Hombres del Sombrero entraron en mi Gran Roble, penetraron en la cueva, totalmente desprotegida por mis guardianes Gnomos, habían desaparecido al toque de uno de estos Seres que tenía cristales clavados a su cuerpo, con luz verdosa.

Este ser se acercó a mí y me dijo: -Ahora vuestra dimensión es nuestra, vais a desaparecer, tu ya no pintas nada en esta realidad, Fauno infecto, ¡tu olor a cabra no se volverá a sentir!, ¡muere maldito híbrido!, con un rayo de sus ojos dirigido a mis pezuñas me hizo caer y con una gran energía noté como me quemaba, solo recuerdo que desfallecí y que tú me has despertado, ¡Gracias Antoine!, estamos ante el peligro más grande que acecha a este Mundo y al tuyo, debemos intentar hacer algo por salvar a los míos y los tuyos, ha empezado la Entropía Elemental que tanto nos auguraban-.

Antoine estaba sorprendido y apenado por las palabras del Fauno, le dijo: -Mi Señor, conozco a estos seres, me he enfrentado a ellos en mi mundo, mis amigos también peligran allí, me pude librar de ellos saltando a esta dimensión, casi sin saber que podía, mi madre me ayudo gracias a su gema, un Duende me devolvió el medallón que la contenía, quizás fue un milagro el poder recuperarla o una causalidad, pero gracias a él pude aprender a dar el salto dimensional, dígame que puedo hacer para ayudar, estamos todos en peligro-.

El Fauno se incorporó con esfuerzo y con gran pena le dijo a Antoine: -Querido mago, me apena decirte que he perdido tu preciado libro, en él escribí todos los secretos que te quería confiar, aparte de lo escrito por Paracelso, pero ha desaparecido de este lugar, probablemente lo hayan cogido los Seres Sombra, ahí hay fórmulas alquímicas y mágicas que mal usadas pueden destruir todo lo conocido-.

-No nos preocupemos ahora por eso, Fauno, debemos intentar salir de aquí y ver si hay más Elementales que nos puedan ayudar, por lo visto estos seres se han trasladado a la dimensión de Gaia, a la nuestra y ella está en peligro, debemos encontrar a los supervivientes elementales e ir a mi mundo a luchar contra estos seres Elementales Oscuros y todos sus secuaces, aquí han arrasado, allí lo están haciendo y si sucumbimos todo habrá acabado para Gaia-.

Con gran esfuerzo agarró al Fauno y los dos salieron de aquella cueva, tropezando con los escombros de las obras de arte, los cuadros y libros que con gran pena miraban tirados, quemados y destrozados por el suelo.

Salieron al exterior y la desolación que contemplaron era máxima, los árboles de lo Gnomos iban cayendo por la podredumbre y la ceniza, el lago de las  Ondinas era un desierto, los volcanes de las Salamandras echaban humo negro que cubría la atmósfera de aquel lugar y el lugar de los Silfos era un hueco silencioso.

El Fauno cogió una rama de un metro y medio que estaba recta y la usó de bastón, apoyándose en Antoine iniciaron la marcha para buscar supervivientes, Antoine pensó en ir a Casa de Gimmi, en el Roble Negro que había lejano en la otra punta de este barrio, allí se dirigieron, era vital saber se seguía vivo nuestro amigo Gnomo, era un médico muy preciado y Fauno lo necesitaba.

Continurá....